Cuando juegue con las emociones de la gente, deberá tener mucho cuidado. Estudie al enemigo de antemano: hay algunos personas que más vale dejar tranquilos.
Los líderes de la ciudad de Tiro, capital de la antigua Fenicia, confiaban en poder resistir los ataques de Alejandro Magno, quien, si bien había conquistado Oriente, no había atacado esa ciudad, ubicada en un punto muy bien protegido, sobre la costa. Enviaron embajadores a Alejandro para advertirle que lo reconocerían como emperador, pero no permitirían que ni él ni sus fuerzas entraran en la ciudad de Tiro. Desde luego, esto enfureció a Alejandro, que de inmediato inició el sitio de la ciudad. Durante cuatro meses Tiro resistió, hasta que al fin Alejandro decidió que el esfuerzo no valía la pena y que trataría de negociar con los tirrenos. Sin embargo, estos sintieron que, después de haber incitado a Alejandro Magno a la acción, habían ganado la partida, de modo que, confiados en que podrían resistir sus embates, se negaron a negociar y hasta mataron a los mensajeros. Tal actitud enfureció a Alejandro. Ya no le importaba cuánto se prolongara el sitio ni cuántas tropas necesitara, tenía recursos suficientes y haría lo que fuera necesario. Preparó un ataque tan fuerte que logró capturar Tiro al cabo de pocos días, incendió la ciudad y vendió como esclavos a los habitantes.
Usted puede provocar a los poderosos y lograr que cedan y negocien, o que dividan sus fuerzas, pero antes analice con quién está tratando. Busque la grieta en el poder del otro, localice el talón de Aquiles. Si no hay tal grieta —si la fuerza y el poderío del enemigo son monolíticos— usted no tendrá nada que ganar y todo que perder al provocarlo. Elija con cuidado a quién tentará con su carnada, y nunca provoque a los tiburones. Por último, hay ocasiones en que un estallido de ira en el momento oportuno podrá favorecerlo, pero deberá tratarse de una ira prefabricada y estrictamente controlada. Eso le permitirá determinar con exactitud cómo y sobre quién caerá. Nunca provoque reacciones que a la larga puedan volverse contra usted. Y utilice esos estallidos con la menor frecuencia posible para tornarlos más intimidatorios y significativos. Ya se trate de una reacción con cuidado fingida o espontánea, si sus explosiones temperamentales se producen con demasiada frecuencia perderán su poder.
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